
En un lugar de belleza paradisíaca y fértiles campos vivían en armonía los hermanos Luis y Ramón, en granjas separadas, hasta que un día tuvieron un conflicto.
Este fue el primer problema serio que experimentaron durante los 40 años que cultivaron hombro con hombro el suelo, al compartir maquinaria y bienes en forma continua.
Este malentendido crecía día tras día, hasta que explotó un intercambio de palabras que hirieron a ambos, tras el cual siguieron semanas de alejamiento y silencio.
Una mañana, un forastero llamó a la puerta de Luis, el hermano mayor. Al abrirla, encontró a un hombre con herramientas de carpintero quien le dijo: “Estoy buscando trabajo por unos días. Quizás usted requiera algunas pequeñas reparaciones aquí en su propiedad, y yo pueda ayudar en eso”.
Luis lo miró con asombro y recordó que su ayuda llegaba en el momento preciso. “Sí”, le respondió, “tengo un trabajo para usted. Mire al otro lado del arroyo, en aquél lugar vive mi vecino, en realidad, es mi hermano menor, Ramón. La semana pasada había una hermosa pradera entre nosotros, pero él desvió el cauce para que dividiera nuestros terrenos. Él pudo haber hecho eso para enfurecerme, pero voy pagarle con la misma moneda”, le dijo, impasible.
Luis parecía haber tomado una decisión acerca de la acción de Ramón y se la transmitió a aquel extraño. “¿Ve usted aquella pila de desechos de madera junto al granero?, quiero que construya una cerca de dos metros de alto; no quiero verlo nunca más”, le dijo.
El carpintero le lanzó una mirada comprensiva y le dijo: “Creo que entiendo la situación”.
Luego, el hermano mayor le ayudó a reunir todos los materiales y salió hacia el pueblo, donde permanecería todo el día para comprar provisiones.
Cuando llegó el ocaso, el granjero regresó, justo cuando el carpintero había terminado su trabajo.
Luis quedó asustado ante la creación del obrero, quien no había construido ninguna cerca, sino en su lugar se divisaba un puente que unía las dos granjas por encima del río. Consistía en una pieza fina de arte con pasamanos, lijada con mucho esmero y pintada con un tono de barniz que hacía resaltar el color de la madera.
En el preciso momento en el que Luis se maravillaba de la obra, se acercó Ramón y lo abrazó mientras le decía: “Eres una persona entre pocas. Has mandado a construir este bello puente después de lo que he dicho y hecho”.
Los dos hermanos se reconciliaron y se perdonaron mutuamente, mientras las lágrimas bañaban sus mejillas, y se lamentaban del tiempo que estuvieron separados, el cual solo les trajo tristeza y dolor, sentimientos que no expresaban por el orgullo que les había invadido el alma.
De repente, se dieron cuenta de que el carpintero tomaba sus herramientas para disponerse partir. “Espera”, le dijo Luis, “quédate unos días más, tengo muchos proyectos para ti”, le rogó.
“Me gustaría quedarme”, le contestó el forastero, “pero tengo muchos puentes que erigir”.
Es frecuente que las personas permitan que los enfados y rivalidades los alejen de la gente que aman y dejan que el orgullo se anteponga a la conciliación y el afecto. Hay que recordar que la mejor relación es aquella donde el amor prevalece y lucha para que no sea derrocado.
Fuente: de la web.
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